Dossier: Fente a las pantallas. - México: Cineteca Nacional, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes CONACULTA, 2014 - páginas 25-32

El cine es, por excelencia, una experiencia colectiva vivida en un espacio con luz y sonoridad controladas. ¿Pero qué significa seguir yendo a ver películas en tiempos de la proliferación de pantallas?.

La cuestión es soñar despiertos. Soñar el sueño de otro, como si fuera propio. Nada mejor, para ese fin, que la oscuridad de la sala, párpado del ojo abierto. Ahí, en la butaca, tiene lugar un fenómeno singular: un grupo mira, las imágenes desfilan ante los ojos de todos, pero nadie sueña del mismo modo. «La condición cercana al trance en la que nos encontramos cuando miramos la pantalla» (Kracauer) da lugar a experiencias diferenciadas. Es un sueño compartido, mas múltiple: donde unos parecen vivir a través de los cuerpos proyectados, otros presienten la navaja sobre la córnea. El cine parece ocurrir precisamente en esa brecha, en esa proliferación de significados que nunca terminan de fijarse. Mientras más nítidas las imágenes, los objetos que éstas contienen, más cercano es el filme a la experiencia del sueño. Con el empaque del thriller, El origen (Inception, 2010) de Christopher Nolan lo piensa como ensoñación. La fábrica de sueños no es, sin embargo, inocente: al tiempo que nos permite imaginar otra vida, nos induce a hacerlo de cierta manera. Trasunto de la sala de cine, la máquina de Cobb es el espacio en el que soñamos colectivamente. El ritual del lienzo radiante ofrece, no obstante, una posibilidad perturbadora: las imágenes en movimiento tienen menos de espejo que de «reloj que se adelanta» (Kafka). Algo vibra en el fondo de la retina: «la gente de las salas oscuras / consume imaginarios / para reanimar / lo real / ahora éste se venga / y quiere lágrimas verdaderas / y verdadera sangre» (Godard). Lo que nos inquieta, lo que desestabiliza nuestra mirada, es esa premonición. Como creían los antiguos, en la noche artificial soñamos algo que está por venir. Rara vez somos capaces de extraer las consecuencias de ese poder profético. El siglo XX fue testigo. II «El lugar del espectador habrá sido siempre, en el cine, el de compartir. Se supone (idealmente) que comparto lo que se está proyectando. La mirada extrañada / Nicolás Cabral. páginas 26-29. Nuestro acervo personal de imágenes en movimiento proviene de fuentes muy diversas, y sin embargo ese todo incoherente conforma una lógica incomparable, una historia propia.

Esta es la historia. Mi tío, el hijo más pequeño de mi abuela paterna, que en ese tiempo debía tener más de veinte años, grababa los fines de semana las películas de Pedro Infante que pasaban en televisión. Tenía una videocasetera Beta que después fue sustituida por una VHS. Y yo, con menos de diez, lo ayudaba ceremoniosamente en aquella actividad detrás de la cual había encontrado un amor secreto. Era 1989 o 1990. Mi tío utilizaba todo tipo de destrezas para grabar las películas sin anuncios publicitarios. Entonces yo veía las historias de Pedro Infante como artefactos que se podían armar y desarmar a través del control remoto. Las imágenes estaban rotas, desdibujadas, esparcidas y me costaba trabajo mirarlas como un todo. Tiempo después mi tío consiguió una novia y tuvo hijos, y yo sustituí su labor. El estante terminó así de lleno de películas Beta y VHS, pues a las de Pedro Infante se sumaron las de Jorge Negrete, Cantinflas, Tin Tan y otros tantos. A los 25 me mudé de esa casa a un departamento de la Roma. Posteriormente a la Del Valle y más tarde a uno todavía más al sur de la ciudad de México. En los últimos años he deambulado por diversas colonias y cada vez que me establezco en un nuevo sitio siento que me apropio de él en el momento en que veo una película dentro de sus paredes. Es como si llevara muchas imágenes en el interior de mi cabeza, negras sobre blanco, y comenzaran a activarse y a adquirir color en el instante en que una de ellas se proyecta en la televisión. Ya sé ya sé. Para ciertos críticos y teóricos la experiencia de ver una cinta en casa no se compara con la de una sala de cine. Los argumentos se han convertido en lugares comunes: la calidad no es la misma la pantalla chica desvía los propósitos estéticos de los cineastas y las distracciones externas no permiten que el espectador disfrute la proyección de la manera en que debería hacerlo. ¿Por qué a algunos intelectuales les vienen enseguida a la mente pensamientos como éstos pero les tardan tanto ideas como que no toda la gente va a una sala no sólo por falta de tiempo o de dinero, sino también porque en muchas ocasiones la oferta cinematográfica, incluso de la cineteca más sofisticada, no proyecta los filmes que uno desea ver? * «Todas esas frases que hemos visto pronunciar en el cine las he dicho yo o me las han soltado o se las he oído a otros a lo largo de mi existencia, esto es, en la vida, que guarda mucha más relación con las películas y la literatura de lo que se reconoce normalmente y se cree». Así describe Javier Marías en Tu rostro mañana el vínculo que hay entre las imágenes en movimiento y la vida de una persona. Pero no se refiere exclusivamente a las cintas que se proyectan en una sala. ¿Cuántas frases de un filme que hemos visto en la pantalla chica aludimos y duplicamos en escenas de nuestro mundo cotidiano? * A finales del siglo XX la televisión en México estaba restringida a un puñado de canales de televisión abierta. Los hogares escuchaban una única voz que repetía periódicamente las mismas noticias. Sin embargo, con la llegada del XXI la sociedad comenzó a hablar de apertura y mejores ofertas de entretenimiento. Un archivo de la memoria / Abel Cervantes. páginas 30-32.

En el tiempo de la multiplicación de las pantallas lo menos importante es la multiplicación de las pantallas. A fin de cuentas son sólo superficies herramentales, lienzos que existen para que pase algo más. La proliferación de las pantallas en realidad es la proliferación de las imágenes en movimiento. Vemos películas, series, comerciales, etc., en los cines, en la tele de la sala o la recámara, en la computadora o la tableta, en el teléfono. Lo importante es ese vemos que habla de todos nosotros, los espectadores, de los ritos que practicamos, del imaginario que se confunde con nuestros recuerdos, de nuestras colecciones de soportes para conservar el cine. Entre todas las formas de ver películas hay dos opuestas, sobrepuestas y complementarias, la que ha hecho al cine, es decir, ir a las salas, y la experiencia múltiple de ver películas en casa, donde, generalmente, se explora la historia del cine y se entra en contacto con la obra de sus máximos exponentes. A ellas dos está dedicado este dossier. O no. Hay una mejor manera de decirlo: este dossier está dedicado a todos nosotros, las legiones de amantes del cine.


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