La directora neozelandesa Jane Campion ha consagrado su filmografía desde el principio a reivindicar la figura de la mujer por encima de la supremacía masculina, que siempre ha intentado desmitificar a través de una postura abiertamente reivindicativa y, en la mayoría de los casos, demasiado reduccionista. Su cine, tendente al histrionismo, a la demagogia sentimental y a la cursilería, se ha visto con frecuencia perjudicado por este carácter excesivo que daba sustento a la arquitectura sentimental de unos personajes que terminaban por no rebasar la condición de arquetipos sin trascender su naturaleza desmedida
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