Déjame entrar, de Tomas Alfredson : sangrientos errabundos
- 2010
- p. 90-92
En el mito, el reino de los vampiros es la noche pero la realidad, desde que se estrenara Nosferatu en 1922, señala que el verdadero reino de los vampiros es el cine, básicamente un mundo de luz y de sombras y al principio un mundo de silencios, de profundos misterios, que insinuaba con elocuencia la existencia de una naturaleza escurridiza a la comprensión, una naturaleza maligna, voraz y sedienta, que hacía arder en el alma una hoguera de miedo. Pero con las producciones de los últimos años la elocuencia se había perdido y el vampiro, despojado de su aura romántica, explotada su figura sin consideración hasta volverla intrascendente, descartable, incluso ridícula, veía corromperse su reino natural de celuloide con el auspicio de Hollywood y las hibridaciones naturales que pululan en su industria.
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