Cuando Elizabeth se agachó a mirar una gallina de juguete que ponía huevos (volitas de ping pong) exclamó tiernamente: ''qué lindo, un bebé'', demostrando sus sentimientos maternales. Pero so sabía que detrás suyo estaba aquel hombre sonriéndole. Aquel a que tanto le gustaba experimentar con sus relaciones sexuales. ''Siempre que te veo estas comprando pollos'', dijo él; ''y yo siempre que te veo me estas sonriendo'', respondió ella. Así se inició un relación absorbente, más excitante y llena de ansiedad de lo normal y a la larga perversa, entre Elizabeth y ese experto en el arte de la seducción. El dispuso de ella, de su cuerpo hermoso y sensual, en una constante búsqueda de experiencias nuevas como un prestidigitador.
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