Notable ya por los gorilas que hablan inglés y reencarnan a los personajes de la corte de Enrique VII, Tarzan and the lion man es, antes que todo, una crítica maliciosa y bien fundada de la producción de filmes de aventuras de pacotilla, para cines de barrio y de gran suburbio. Un equipo de cineastas recorre la jungla para firmar las aventuras de un joven salvaje blanco, criado no por lo monos, sino por los leones. El primer actor: Stanley Obroski, a quién el maquillador ha dado un bronceado y un taparrabos elegantes, se convierte en un pelmazo insoportable. Aterrorizado por el menor mosquito, incapaz de andar descalzo, hay que izarlo a los arboles cuando la escena así lo exige. Productores y libretistas le han asignado estúpidas aventuras que irritan a los ayudantes y extras negros por el desconocimiento que implican de sus costumbres y de su manera de ser.
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