De alta estatura y cabello entrecano, la figura de Luis Alberto álvarez sobresalía entre las de sus congéneres tanto como su voz grave, que retumbaba con tonos afables al hablar de un director de cine o de un compositor predilecto, ya fuera Mozart o Bergman. Su balanceo al caminar, con la espalda ligeramente encorvada y la mirada amable, recordaban al de un gigante de un cuento infantil. Y su cabeza en verdad estaba llena de [[cuentos]], en la forma de miles de historias y anécdotas producidas en cien años del cine y más de música, que él había estudiado como pocos.
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