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Crítica: El acto de matar de Joshua Oppenheimer, Christine Cynn y un director indonesio anónimo / Ernesto Diezmartínez

Por: Tipo de material: ArtículoArtículoIdioma: Español Analíticas: Mostrar analíticasDetalles de publicación: México: Cineteca Nacional, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes CONACULTA, 2013Descripción: páginas 46-47ISSN:
  • 2007-3895
Tema(s): En: Icónica No. 5 (verano, 2013)Resumen: Texto crítico de la película danesa, noruega e inglesa El acto de matar (The Act of Killing) (2012), dirigida por Joshua Oppenheimer, Christine Cynn y un director indonesio anónimo. El acto de matar, segundo largometraje documental de la pareja creativa formada por los estadounidenses Joshua Oppenheimer y Christine Cynn (The Globalisation Tapes, 2003) está ubicada en otro extremo. Podría ser entendida, acaso, como la anti-Shoah. Desechando las dudas kubrickianas –¿se puede/debe hacer una película sobre las víctimas de un genocidio?– y tomando una posición radicalmente distinta a la de Lanzmann, he aquí que Oppenheimer / Cynn nos muestran la provocadora crónica de otro genocidio, mucho menos conocido que el judío de la Segunda Guerra Mundial. En 1965, después de un fallido golpe de Estado en Indonesia, alrededor de un millón de “comunistas” –en realidad, sindicalistas, opositores, rebeldes y cualquier otro que se atravesara en el camino– fueron asesinados brutal y sistemáticamente por grupos de paramilitares, gánsteres y fuerzas del gobierno de Achmed Sukarno. En Shoah, algunos de los viejos nazis –el repugnante Franz Suchomel, por ejemplo– fueron entrevistados y grabados por Claude Lanzmann con una cámara escondida. Estaban dispuestos a hablar, sí, pero eran muy precavidos. No presumían sus crímenes o, por lo menos, no se animaban a hacerlo públicamente. En contraste, los genocidas de El arte de matar están orgullosos de todo lo que hicieron. Más aún: quienes los rodean –medios de comunicación, funcionarios públicos, partido en el gobierno, prominentes empresarios, influyentes periodistas, parte de la población– los tratan como héroes nacionales. Son gánsteres –“hombres libres” los llaman y se llaman a sí mismos– a quienes la sociedad indonesia “les debe”, entre otras cosas, “la libertad” en la que se vive. Por eso, no tienen por qué esconderse. Al contrario: pareciera que todo lo que hicieron se justifica ahora más que nunca, ya que tienen una cámara enfrente.
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